1 julio, 2022

Empoderadas por la cocina

Las Buscadoras de Guanajuato es una red formada por 15 colectivos dados a la tarea de rastrear a los ausentes. Esas familias han encontrado lugar de reunión, refugio y consuelo en la cocina. Foto: Cortesía Buscadoras de Guanajuato

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Nayeli Estrada // reforma.com

RECETARIOS CONTRA EL OLVIDO

“Algunos han dicho que nuestro movimiento es un amor terco, que nos hace buscar, pero amamos a las personas con las que compartimos la vida y ese lazo no desaparece en cuanto la persona no está; por el contrario, se estrecha”.
Miembro de Buscadoras de Guanajuato

“Desde nuestra estrategia, nuestro corazón y nuestros huesos, creemos que este proyecto no habla de mujeres cocinando, habla de mujeres empoderadas que han decidido cambiar los roles”
Zahara Gómez,
coautora del “Recetario para la Memoria”.

“A pesar de las circunstancias, estos proyectos nos permiten hablar en presente de nuestra persona desaparecida, poner en esa conjugación de tiempo la esperanza, la calma, el amor y alimentarnos para seguirles buscando”.
Zahara Gómez,
coautora del “Recetario para la Memoria”.

“Ninguna violencia viene sola y la vulnerabilidad económica es parte de la violencia estructural que hace que las mujeres no tengamos acceso a muchos otros derechos: salud, educación, cultura, libre tránsito”.
Rosalía Trujano,
fundadora de Las Panas

“Somos mujeres con virtudes y defectos que queremos ser escuchadas con respeto, sin ser juzgadas arbitrariamente por la sociedad y autoridades”.
Extracto

“Lo crudo, lo cocido y lo finamente picado. Sabores y sinsabores de las mujeres en prisión…”

Entre áridos parajes de tierra revuelta por la desesperación, en el infierno de los desiertos y frente al susurro de la indiferencia, guantes, palas y picos, a punta de dolor, no son las únicas herramientas para buscar a quienes fueron llevados por la fuerza.

A fuego lento, cerca de esos terrenos históricamente olvidados por la sociedad y el Estado, se cuece la revolución de las mujeres que se quedaron esperando el retorno de los suyos. En sus fogones la memoria se desentierra.

“Algunos han dicho que nuestro movimiento es un amor terco, que nos hace buscar, pero amamos a las personas con las que compartimos la vida y ese lazo no desaparece en cuanto la persona no está; por el contrario, se estrecha.

“Para las que buscamos a una persona desaparecida, la salud mental y física son las primeras afectadas, porque en el primer momento la angustia se apodera de nosotras”, declara una de las Buscadoras de Guanajuato, (uno de los 15 colectivos dedicados a rastrear a los ausentes), quien prefiere conservar el anonimato.

Esas familias han encontrado lugar de reunión, refugio y consuelo en la cocina, en el “Recetario para la memoria”.

Acompañamiento y fortaleza son los ingredientes requeridos para plasmar sabores, costumbres y tradiciones de quienes solían ocupar el lugar en la mesa, hoy vacío. Primero lo hicieron Las Rastreadoras del Fuerte, en Los Mochis, ahora las Buscadoras de Guanajuato.

“Siempre dicen que aunque yo encontré a Roberto, sigo buscando; pero sé que cada vez que encontramos un ‘tesoro’ (así se refieren a los restos de un desaparecido), él me ve contento desde el cielo, me aplaude”, cuenta Mirna Nereida Medina, fundadora del colectivo Las Rastreadoras del Fuerte.

Roberto Corrales fue llevado a la fuerza el 14 de julio de 2014, cuando tenía 21 años. Después de tres años de búsqueda incansable, Mirna logró encontrar su “tesoro”. En su lucha, reunió a 195 familias y estructuró la columna vertebral de la Ley General en Materia de Desaparición Forzada de Personas.

“Fui de las últimas en producir mi receta, no me atrevía. Fue algo muy fuerte, sentía que Roberto iba a llegar, de pronto, a meter la mano para pellizcar la comida, pero ya casi lista la comida, pensé en el gusto que le daba -donde quiera que esté-, que su madre volviera a cocinar”, relata Mirna.

No hay precisiones que alcancen a retratar la realidad del desgarro. La cocción de los Recetarios por la memoria es curativa, brinda un poco de esa atención psicológica a la que los núcleos familiares rotos no siempre tienen acceso.

“Usamos la comida como centro, para reunirnos entre compañeras y con la familia alrededor del platillo favorito de nuestra persona ausente.

“Preparar de nuevo el platillo, poner plato, vaso, tenedor, mantel… especial para nuestra persona desaparecida, la trae nuevamente. Cuando volvemos a quemarnos volteando una tortilla o cuando la cebolla nos hace llorar, podemos tener una especie de terapia, platicar de lo que no podemos hablar, empezar a sanar”, detalla la integrante del colectivo guanajuatense.

El 98 por ciento de quienes buscan historias inconclusas bajo tierra son mujeres, señala Zahara Gómez, coautora del “Recetario para la Memoria”.

“Hace mucho tiempo dejamos el estereotipo de mujer sumisa, ¿por qué somos nosotras las que estamos buscando?,¿por qué estamos empoderándonos con conocimientos sobre antropología social y forense?, ¿cómo tenemos tan clara la diferencia entre una ley general de personas desaparecidas y su aplicación estatal?…

“Desde nuestra estrategia, nuestro corazón y nuestros huesos, creemos que este proyecto no habla de mujeres cocinando, habla de mujeres empoderadas que han decidido cambiar los roles. El ‘Recetario para la memoria’ resignifica la posición de la mujer en la cocina, el acto de cocinar y a todo lo relacionado con ese estereotipo patriarcal y capitalista”, afirma la entrevistada.

En la lucha de ambos grupos, la cocina toma dimensiones movidas por el amor y la dignidad, nutre la resiliencia, devuelve a los desaparecidos a la mesa, los hace memorables ante las autoridades y la sociedad.

“Es una lucha para no olvidarlos, para seguirlos llamando como se llaman, viéndolos como personas y no como números, para hablar de lo que no se quería hablar”, detalla la de El Bajío.

DE SINALOA A GUANAJUATO

En 2020, la primera edición del “Recetario para la memoria”, de las Rastreadoras del Fuerte, salió a la luz con las historias de 30 familias. El proyecto será replicado por las Buscadoras de Guanajuato, con preparaciones de 80 familias y saldrá a la venta a finales de 2022.

“Con la difusión internacional del libro, pudimos conseguir el enganche de una casa que servirá como refugio a mujeres y personas maltratadas. Ahora podremos propiciarles un lugar seguro que también será nuestra oficina”, cuenta Mirna.

Presta al llamado de otros colectivos que requieran su apoyo, Zahara explica que el desafío era realizar un libro gastronómico que deje ver cómo es la labor de búsqueda.

El apoyo no recibido del Estado y las necesidades económicas generadas -desde el sustento básico de las familias hasta las herramientas para realizar las labores de rastreo- serán en parte subsanadas con la venta de los recetarios ($480 en recetarioporlamemoria.com).

“A pesar de las circunstancias, estos proyectos nos permiten hablar en presente de nuestra persona desaparecida, poner en esa conjugación de tiempo la esperanza, la calma, el amor y alimentarnos para seguirles buscando”, concluye la guanajuatense.

LAS PENAS CON PAN SON MENOS

Mientras la temperatura aumenta y las masas levan, otras transformaciones se cuecen fuera del horno.

“Llegué a Las Panas desde 2019, quería suicidarme. Sufrí violencia sexual desde muy pequeña, mi padrastro me violaba desde que tenía 10 años y mi mamá, en realidad, nunca me quiso.

“Cuando me casé no hubo violencia física, pero sí emocional. Arropada por la familia que nunca tuve, no me daba cuenta del maltrato que vivía por parte de mi pareja. Cuando fallecieron mis cuñados, se me vino el mundo encima; después de 47 años, me di cuenta que mi esposo tiene otra familia, me quedé sin nada”, cuenta Rocío Elizalde, beneficiaria de Las Panas, Cohesión Cocción.

En 2016, en pleno barrio de La Merced, Rosalía Trujano convocó a un grupo de vecinas para trazar un mapa de riesgo, lugares que debían evitarse al caer el sol. Aquellas reuniones serían la levadura para cambiar la vida de más de medio millar de mujeres.

“Me mudé muy cerca de esa zona. Habitar en el Centro es muy complejo, pude localizar que las principales problemáticas en este momento y hasta hoy son la falta de formación, la violencia y el desempleo.

“Compré un horno, las convoqué y me di cuenta de que no estaban interesadas en hacer el mapa. Querían platicar sobre lo que les pasaba”, cuenta Rosalía, fundadora de Las Panas.

Cada hora, 30 mujeres sufren violencia familiar en México. Cada día, 58 mujeres reportan una violación y se denuncian 11 feminicidios, según las cifras del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

“Ninguna violencia viene sola. La vulnerabilidad económica es parte de la violencia estructural, hace que las mujeres no tengamos acceso a muchos otros derechos: salud, educación, cultura, libre tránsito. No contar con un trabajo limita el derecho a la movilidad, las alternativas para salir del contexto violento”, detalla.

Mientras el tiempo hace lo suyo en las masas, secretos y saberes cambian la vida de mujeres que luchan contra la escalofriante estadística: la mitad de los asesinatos de mujeres en México ocurre a manos de sus familias.

“Cuando iniciamos, la convocatoria era de voz a voz. Las mujeres tenían un gran pretexto, podían decir a sus agresores que iban a un taller de pan y regresaban con sus panes. Como la cocina se impone a las mujeres, por representar una labor de cuidado, no sería mal visto por sus agresores. Ellos no tenían idea de que iban a hacer mucho más que pan”, detalla Trujano.

Los tiempos de fermentación y horneado son aprovechados para dar acompañamiento terapéutico, apoyo de sus redes y herramientas para identificar violencias y salir de ellas. Los recursos obtenidos de la venta de pan son la llave que abrirá la ruta de escape.

“No me divorcié, aprendí a vivir con mi enemigo. Es muy difícil, pero aprendí que soy fuerte, me dieron muchas herramientas para defenderme. Hoy no me da pena decir que fui violentada, violada; antes sí, pero en este maravilloso grupo entendí qué me pasó y que yo no tenía la culpa.

“Cuando estoy amasando, puedo olvidarme de todo. En lo que la masa reposa y nos dan la terapia grupal, hay muchas cosas que dejamos ir. A pesar de mi edad, entendí que nunca es tarde”, admite Rocío.

AMASAN AUTONOMÍA

La vida de 516 mujeres cambió a través del acompañamiento, capacitación y redes tejidas frente a los hornos de Las Panas. El 82 por ciento pudo desarrollar herramientas para salir de situaciones de violencia y para el 74 por ciento el pan artesanal es generación de ingresos propios. El siguiente paso: establecer la primera panadería social feminista autosustentable en México.

“La Panadería Social Feminista es un proyecto de mujeres para mujeres, un espacio de formación seguro. Nos llena de orgullo y esperanza lanzar este proyecto, con el cual estaremos más cerca de derribar los techos de cristal, de erradicar los entornos de violencia a los que son sometidos las mujeres en México día con día”, señala la directora.

Para hacerlo realidad, Las Panas requieren 2.2 millones de pesos, que esperan recabar antes de junio. A partir del 7 de marzo, podrán hacerse donaciones en la fondeadora hipgive.org o en la cuenta bancaria de Las Panas Cohesión Cocción (BBVA 0105858879).

“Los talleres nos ayudan a dejar muchas emociones, no es fácil amasar y ahí puedes ir sacando tu coraje y tus sentimientos para salir con un pan muy rico, emocionada por tener algo hecho por ti y un poco sanada de las heridas que vas llevando”, admite Rocío Elizalde

SAZÓN DESDE LA PRISIÓN

Picar sin cuchillo, moler sin licuadora, cocer sin estufa en un espacio lleno de ausencia, desde el abandono que 80 por ciento de las mujeres en la cárcel experimenta.

Esa es la realidad detrás de “Lo crudo, lo cocido y lo finamente picado. Sabores y sinsabores de las mujeres en prisión. Recetario canero”. Las internas del penal federal de Santa Martha Acatitla resisten, crean, cuestionan y dignifican su alimentación.

“Siempre nos preguntaban cómo hacer una transformación activa de sus realidades. En este documento dejan de manifiesto que ellas no sólo querían cocinar, querían alzar la voz y combinar ingredientes con memorias y emociones.

“No querían sólo un instructivo para preparar alimentos, sino un documento con tintes políticos, críticos y de denuncia, que visibilice sus procesos jurídicos, las vulneraciones a sus derechos, el sufrimiento de sus familias y sus añoranzas de libertad”, detalla Tania Santiago Espinoza, asistente del proyecto Mujeres en Espiral.

Hojalatas de envases de atún recicladas como cuchillos, saleros-encendedores, resistencias eléctricas para lograr café caliente en el encierro, cocinar y plasmar recetas en conjunto adquiere un nuevo significado crítico, político, de denuncia y resistencia.

El autocuidado a través de la alimentación es para ellas un nuevo escenario, pues según Verónica Ruiz, coordinadora de difusión del proyecto, la cocina en sus casas era un espacio para cuidar primero a los demás.

“Ellas explican que, cuando estaban afuera, eran las últimas que comían o les tocaban las sobras”, detalla Verónica.

En espera de un “buen proceso”, la maestra Lupe Patitas -encarcelada seis meses antes de la publicación del recetario-, envuelve, rellena y hornea empanadas, que entre sus ingredientes llevan un kilo de masa hojaldrada de emociones, abogados muy “picudos”, un juez en almíbar, un Ministerio Público congelado y un chorro de fe.

“Se estira, sobre la mesa, la masa hojaldrada de emociones con un rodillo. Se corta en cuadros, en cada uno de ellos se pone una emoción como, por ejemplo, tristeza, angustia, estrés, incertidumbre, etc.

“En cada cuadrito de masa se pone una rebanada de interna y un poco de expedientes picados, una rebanada de juez en almíbar (por aquello de que necesitamos compasión) y uno o más abogados muy ‘picudos”‘, detalla la cocinera en su receta “Empanadas para el buen proceso”.

El proyecto forma parte del trabajo que, desde hace más de una década, Mujeres en Espiral lleva a cabo con internas de Santa Martha Acatitla. Publicado en 2019, este recetario se inspira en “Hierbas contra la tristeza”, de Yadira del Mar y “Como agua para chocolate”, de Laura Esquivel.

“Los procesos de alimentación dentro son muy diversos. A las más afortunadas, sus familias les llevan ciertos alimentos, aunque no se permite el ingreso de muchas cosas que se encuentran adentro, a precios mucho más elevados.

“La visita es fundamental, pero son mínimas las mujeres que la tienen, porque muchas han sido abandonadas por sus familias. Ellas -80 por ciento de la población- consumen exclusivamente los alimentos que ofrece la institución, ellas lo llaman El Rancho”, explica Santiago.

No pueden tener cuchillos, ni vasos de vidrio, pero tienen acceso a frascos de mayonesa o latas de atún, de las que aprovechan el filo. Desafiando estas contradicciones, las internas dignifican su comida.

Parte de sus maniobras es transformar la comida de El Rancho. Piden la carne, la lavan y la cocinan otra vez con su sazón para disfrutarla o hacer quesadillas para vender y hacerse así de sus propios insumos, relata Santiago.

“Licuamos cuando buscamos las palabras correctas para manifestar el empoderamiento de las mujeres sin romper las reglas, sazonamos cuando no tenemos miedo a manifestar las inconformidades por más amargas que estas sean; picamos cuando encontramos la manera más directa de decir ¡basta!, horneamos el trabajo en equipo para construir este recetario.

“Somos mujeres con virtudes y defectos que queremos ser escuchadas con respeto, sin ser juzgadas arbitrariamente por la sociedad y autoridades”, reivindica el documento.

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