27 enero, 2022

El canto de una princesa viuda: 50 aniversario del INAOE

Escribe: Ricardo Quit // @cienciacc

Es 12 de noviembre, es de tarde y voy caminando hacia San Andrés Cholula, a felicitar a una amiga en su cumpleaños, ella es diseñadora editorial, hoy es Día del libro en México y así se ha festejado desde 1979 junto al previamente establecido Día del Cartero en 1931.

Mientras camino trato de procesar qué acaba de suceder, no les he dicho, vengo de la entrega del Doctorado Honoris Causa a Elena Poniatowska en el marco del 50 aniversario del INAOE en Tonanzintla. Hace calor y estamos a mitad del otoño, el evento fue en los jardines que hace años solo eran terreno y que hemos visto bajo las carpas volverse ferias del libro y en este caso auditorio.

Como caído del cielo -ese cielo que estudió el Observatorio Astronómico Nacional antes de convertirse en Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica, y cuya esfera celeste parece percibirse a simple vista-, junto a la iglesia de Tonanzintla se materializa un puesto de espuma de cacao, tejate, tascalate, pozol o chilate por citar otros nombres del cacao en agua que se hace espuma al agitarse con un poco de pinole -maíz en polvo- y azúcar, chocolate de agua para los cuates. Me refresca la garganta y el cuerpo como lo hizo con cualquiera que por aquí haya pasado en los últimos mil años.

Sigo procesando las últimas horas.

Ya dije que hoy es día del libro en México pero no he dicho que es en honor a Sor Juana Inés de la Cruz; Juana de Asbaje decíamos de niños al leer la denominación de mil -ahora viejos- pesos en las monedas para el recreo, sus contribuciones a la literatura y el pensamiento universal son tan patentes que la universidad que lleva su nombre y del lugar donde se enclaustró otorgan un premio a quienes se considera han contribuido al desarrollo cultural, artístico y académico del país.

Elena Poniatowska lo recibió el 18 de mayo de 2017 justo un día antes de cumplir los 85 años. Más curioso es que justo ayer se hicieron 88 años que este templo de Santa María Tonanzintla recibió su declaratoria de monumento histórico y que ayer también el Servicio Postal Mexicano emitió un timbre del mencionado 50 aniversario.

Voy tomando mi refrescante “agua harinosa” pensando en las palabras de la princesa Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska. Esta mujer de la literatura y de sangre real europea; que ha inventado su propio estilo literario, la polifonía testimonial; nacida en Francia pero más mexicana que las chalupas poblanas, que hoy recibió otro doctorado honoris causa, sumando más de una docena desde 1979; según el protocolo de vestimenta sus padrinos han sido la Dra. María Elena Álvarez-Buylla Roces, el Dr. Edmundo Antonio Gutiérrez Domínguez y el Mtro. Francisco Luciano Concheiro Bórquez.

El discurso del director del INAOE no fue un laudatio a la doctorante tampoco el de la directora del Conacyt quien respondió el discurso de la doctorada, uno habló de la historia del instituto y sus logros a los trabajadores que llevan trabajando ahí, 15, 20, 25, 30, y hasta 50 años, la otra habló de las políticas públicas en ciencia y tecnología envueltas en ética y sentido social. Todos halagamos a la doctora que nunca terminó la prepa.

En el camino a San Andrés, encuentro otra iglesia, una Mormona, recuerdo las palabras de fe y creencias de la doctora de 89 años, a 33 años de viudez, insiste en que se destantea, se siente destanteada al igual que su marido hace 68 años cuando le llamaron “sacerdote del telescopio” cuando él no fue creyente, se dice destanteada al recibir el abrazo del mundo de la ciencia al que solo accede con abrazos, lo dice en el día del libro la escritora mexicana que hace 8 años recibió el Premio Cervantes; comparte su sospecha de recibir esta distinción porque ella creyó y cree en Guillermo Haro, el astrónomo con quien se casó y que puso a Tonanzintla y al INAOE en el mapa de la ciencia moderna.

Dijo -quiero decir: dice-, porque sus palabras se quedan, que es una creencia tan indispensable como la presencia del Popocatepetl y el Iztaccihuatl, pero difícil de creer es este regalo que recibe del INAOE en su 50 aniversario, el lugar dónde su marido trabajó y vivió 45 años. Señala que a unos metros junto a las raíces de una jacaranda descansan la mitad de las cenizas de su marido depositadas por su hijo al lado de su maestro y amigo Luis Enrique Erro quien fundó el instituto, entonces este instituto es más que un centro de investigación, fue su casa, ahora también es un museo y un mausoleo.

La doctora honoris causa por la universidad de Sinaloa de 1979, cuenta como Erro instruyó a Haro para dejar de estudiar las leyes del hombre y estudiar las leyes del universo, ella ganó el premio Alfaguara contando la historia del ficticio Lorenzo de Tena quien enfrenta los prejuicios sociales, el peso de la autoridad y el cálculo político en su búsqueda por los misterios del cosmos que no debe confundirse con la biografía del estrellero Guillermo Haro: “El universo o nada” también de su autoría.

La misma doctora honoris causa por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla nos lista a todos los científicos y políticos que hoy nombran auditorios y laboratorios en las facultades de ciencias, quienes fueron alumnos y amigos de Haro; nos cuenta de la adolescencia de su marido y de cuando aprendió a montar, de cuando conoció a la mujer más hermosa de México: Maria Asúnsolo; tal vez sea mi imaginación pero hay una frase que asocia a esta mujer y el muralismo mexicano que se refiere a la dificultad de ser mujer con talento.

El cacao se terminó y no dejo de pensar en la fecha, los libros y en el discurso que acabamos de escuchar en voz de la escritora también portadora del Premio Nacional de Periodismo 1978, que al igual que su marido trabajó como columnista y periodista en Excelsior, nos cuenta cómo conoció a París Pishmis -la astrónoma que puso a Tonanzintla en El amanecer de la Astrofísica en México-, de hecho decidió listar a las doctoras y astrónomas que conoció y que admira: Silvia Torres, Christine Allen, Vera Rubín –quien pudo ganar el Nobel de física por sus descubrimientos en materia oscura-, Margaret Burbidge, Deborah Dultzin, Margarita Rosado, (Estela) Susana Lizano, Itziar Aretxaga, Elena (Kirilovsky) Terlevich y Esperanza Carrasco además Míriam Peña, Leticia Carigi, Barbara Pichardo, Nancy Roman -la madre del Hubble-, Elena Jiménez Bailon, Aida Nava y Yilen Gómez Maqueo; un listado de las mujeres en la ciencia llamada astronomía.

Nuestra discursante también Premio Nacional de Ciencias y Artes 2002 en el área de lingüística y literatura aprovechó para cantarnos una copla popular que enuncia de dos en dos hasta el dieciséis y nos recuerda las palabras de Haro señalando a los escritores como vedettes de los medios, se conmueve por el reconocimiento y termina en llanto frente a sus hijos y nietos, mientras doña Toñita, se retira de la carpa.

Llego a San Andrés dudando si es o fue una ceremonia confusa, ninguno de los posgrados que se ofrecen en el INAOE son de literatura, tampoco es necesario que lo sea, pero queda el extraño sabor a jacaranda entre fresno y limonero, para estos tiempos y a estas alturas del siglo XXI, a que la distinción se le entregó a la viuda, por el mérito de haber sido esposa de uno de los fundadores.

Qué habría dicho la polaca Marie Curie cuyo aniversario de nacimiento -en el país donde el tataratioabuelo de la homenajeada fue rey- se conmemoró la semana pasada, la misma científica que murió cuando nuestra escritora tenía 2 años, la científica y paisana que reclamó su propio mérito. Esa idea destantea pero se cura con un abrazo, una canción y fe.

Es difícil hablar de un aniversario de este tamaño con respecto a una institución cuyo director se refiere a ellos como “inaoenses” cacofónico del estado que dio el primer doctorado a nuestra homenajeada pero que se manifiesta ajeno al menos al pueblo que le alberga. La institución se ha transformado tanto, hace 79 años cuando se inauguró el observatorio en 1942, junto con los investigadores y políticos estaban los reporteros y la gente de Tonanzintla; hoy solo unos cuantos invitados, ni siquiera todos los que trabajan en la institución, o de la universidad con que comparte terreno.

La prensa fue relegada a un lateral sin sombra ni punto de vista para fotografía o video, sin entrevistas, ni tiempo, ni espacio que prometió el maestro de ceremonias. ¿Quién escribirá la historia contemporánea de esa institución? ¿Quién hablará del resto de los que la construyen como fueron doña Toñita comadre y alimentadora, don José Luis Hernández jefe de seguridad, el hijo del contador que se hizo astrónomo y descubrió un cometa, de los niños que jugábamos en sus patios e instrumentos? El hubiera no existe pero el debieron sí.

Ricardo Quit es divulgador científico miembro del Concejo Nacional para el Entendimiento Público de la Ciencia

A %d blogueros les gusta esto: