19 octubre, 2021

Escribe: Ricardo Quit //@cienciacc

Se hace de tarde y el cielo amenaza con llover, la gente acelera su paso con precaución a las gotas del cielo, en este punto mientras sostengo la taza de café en su enésimo relleno veo cruzar una mariposa que descansa sobre la ventana, doy un paso atrás para poderla contemplar en lo que decido si le abro o descubro si ella desea entrar.

Digo una mariposa como le llamamos comúnmente al lepidóptero, ignorando u obviando que: ese grupo de insectos tiene más de 150 mil especies diurnas y nocturnas, que probablemente no haya alguien en este planeta ni en el universo que pudiera diferenciarlas o identificarlas a todas y que lo mas seguro es que en el intento descubriría una nueva especie para engrosar el taxón.

Me siento a escribir descubro que marzo ya está en su fin, anunciando el primer año de la cuarentena por la pandemia del siglo XXI, la que se ha llevado a tantos amigos, familiares, conocidos y héroes transportados al mundo de la memoria; y con ellos la economía, nuestra normalidad y cotidianidad, aunque algunos aún corran por las calles más temerosos de mojarse que de contagiarse de algún virus.

El viento sopla y cambia la temperatura, los toldos de las marquesinas revolotean como alas de mariposa a punto de salir volando con el viento como papalotes, que curiosamente es la palabra náhuatl que se refiere a las lepidopteras aerodinas. Cuando algo más ligero que el viento se echa a planear en él le llamamos aerostato, como un globo de helio que un niño soltaba con sus deseos al cielo, y si este objeto volador es más pesado que el viento le llamamos aerodino.

Casi todas las aves son aerodinas, pero podemos identificar al pingüino, la avestruz y a la perdiz como no voladoras; Perdíx según la mitología griega fue un ingenioso joven, inventor de la sierra y el compás, que tuvo que ser transformado en ave para ser salvada su vida mortal tras ser empujado del templo de Atenea, su maestro Dédalo tenía envidia de su ingenio y creatividad.

Dédalo un arquitecto y constructor de fama huyó junto con su hijo del laberinto que había construido para atrapar al minotauro, al no poder hacerlo por mar o tierra decidió construir sus alas con plumas y cera para ser aerodínos.

Dédalo sobrevivió para ser adjetivo de los artesanos y constructores, los hábiles en la técnica; pero su hijo Ícaro siguió ascendiendo en el cielo hasta que el sol derritió la cera de sus alas, se soltaron sus plumas y perdió sustentación con lo que hoy llamamos principio de Bernoulli. Cuando la velocidad del aire es más rápida arriba del ala que abajo entonces el cuerpo alado disfruta una fuerza que le permite elevarse, esa velocidad se consigue cambiando la curvatura de las alas por ejemplo en los aviones.

Podríamos decir que Ícaro murió para poder nombrar a una especie de mariposas, a un cráter en la luna, al asteroide 1566 y a la estrella descubierta en abril del 2016 que es considerada la más lejana que hayamos detectado.

Leonardo da Vinci nació el 15 de abril de 1452 y realizó centenares de apuntes diagramas y esquemas de inventos voladores, máquinas y aditamentos aerodinos entre los que destacan el ornitóptero y el tornillo aéreo, considerado el primer helicóptero o ala-hélice; 415 años después en el otro lado del mundo, el 16 de abril de 1867, nacía en Indiana, gringolandia Wilbur Wright que junto con su hermano Orville han pasado a la historia como los inventores de los vuelos tripulados en naves de ala fija después de haber reportado un vuelo de 37 metros por 12 segundos en 1903.

Entre el 5 y el 29 de abril de este 2021 el helicóptero Ingenuity realizará 5 vuelos en la superficie marciana, convirtiéndose en el primer robot volador autónomo y explorador en ese planeta, sus vuelos durarán 90 segundos y recorrerá 300 metros. Casi como una superstición el Ingenuty lleva escondido debajo de uno de sus paneles solares un pedacito de muselina del avión de los hermanos Wright, una tela como la que usamos en el interior del cubrebocas y en las cortinas. Lo mismo hicimos hace 50 años cuando llegó el primer hombre a la luna, llevaba una astilla del mismo avión.

La mariposa voló, alcancé a ver como agitó sus alas y despegó sus patas del cristal, el café se terminó en mi taza, la temperatura bajó agradablemente considerando el calor que había hecho durante el día, no llovió, lloviznó y muy poco, le pediría a Iracheta que explicara la diferencia, así se le recuerda y extraña, tal vez mañana yo lo haga. El Confort y la música para volar se acabó, regreso desde mi vuelo a la realidad, voy a escribir estas ideas antes de que se me olviden.

Ricardo Quit es divulgador científico miembro del Concejo Nacional para el Entendimiento Público de la Ciencia

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