20 abril, 2021

Posadas, recuerdo de un tiempo diferente

Por Raúl Ernesto Contreras Cortés

Nada gritaba tanto a voces que la Navidad ya estaba cerca como una buena posada, ni W***-Mart o cualquier cadena comercial con sus ventas navideñas en agosto se acercan un poco.

Ir al mercado de la ciudad/localidad y ver los puestos de frutas en un lado, rebosantes de cañas, mandarinas, tejocotes y jícamas del tamaño de mi mano a los 8 años, e igual de terrosas; del otro ver las coloridas y hermosas piñatas en forma de estrella colgando del techo en el puesto de Don Teodosio o Doña María esperando ser adquiridos e ir a reunir, aunque fuese por un par de horas a amigos, vecinos y feligreses en esta temporada de dar y recibir.

Recorriendo el mercado en mis memorias, podíamos encontrar varios suplementos para la posada, entre ellos podíamos hallar la cajita de velas, algunos cohetes como cañones, palomas, chifladores, buscapies; las luces de bengala (mis favoritas) y la eterna e infalible letanía, que posteriormente entonaría esa misma noche.

La ceremonia empezaba en alguna privada, atrio o en plena calle con Don Cocho y Don Teto cerrando la circulación con piedras o sus autos. Los invitados se dividían en dos equipos: Uno con todos sus integrantes envueltos como tamales, sujetando ya fuese los peregrinos, la velita de colores chillantes o las luces de bengala fuera de la casa, mientras algunos afortunados podían permanecer dentro de la cálida morada anfitriona, representando el papel del malvado mesonero que no desea ayudar a José y María.

Tras varios recorridos, suplicando por asilo, la ceremonia finalmente terminaba entre albricias y regocijo por finalmente hallar un alma caritativa que se compadecía de los viajeros exhaustos, permitiendo proceder al siguiente evento de la noche: La piñata.

La ceremonia alrededor de este objeto representa la lucha de los inocentes contra los pecados capitales, pero al llegar el momento en que la estrella de barro caía al suelo derrotada, se convertía era el equivalente a una batalla campal en cualquier cuadrilátero: no se reconocían amistades, lealtades o siquiera lazos de sangre; todo era válido para poder alcanzar el delicioso premio de frutas, golosinas y cacahuates por derrotar a los pecados capitales y satisfacer nuestra avaricia y gula infantil… Irónico.

Aunque aquellos menos avezados o más arriesgados podían recibir una triple tunda: La primera al recibir un palazo por el inocente en turno de golpear la piñata; la segunda al ser atropellados por la horda en pos de los tesoros ya mencionados y la última, por su propio progenitor con la eterna letanía paterna: “¡Te dije que no te metieras!”.

Pero ninguna fruta, pirotecnia, piñata o luz podía desviar la atención de la estrella de la posada, el parámetro con el que uno definía sí la posada había valido la pena o no: el aguinaldo, lleno de cacahuates, galletas de animalitos, colación, dulces y tejocotes.

La noche terminaba con los niños, amigos, primos, vecinos y uno que otro colado jugando con los restos de la piñata, mientras los adultos disfrutaban una buena porción de ponche de frutas, con más tejocotes, manzanas, naranja, pasas y esa distintiva porción de caña de azúcar (nunca faltaba el ponche con piquete, para dar más “punch” al brebaje).

Claro que los tiempos han cambiado y nos hemos apartado de este tipo de reuniones; más por el maldito bicho que no merece ser nombrado, aunque siempre tendremos el recuerdo de aquellas frías noches decembrinas en nuestras memorias en que cantábamos con nuestros vecinos, reíamos al lado de nuestra familia y nos preparábamos para la máxima festividad de nuestro país católico: La Navidad.

Pero eso es harina de otro costal, hasta la próxima.

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