3 julio, 2020

Jugar: necesidad o entretenimiento

Por: Gerardo Moreno Tovar || @Tovar_Moreno

Estoy seguro que ya está harto de esta cuarentena. Pienso que las “vacaciones pagadas” de Serna son un chiste comparado con lo que estamos viviendo. Y no es para menos. Los papás se han convertido en docentes. Los docentes nos hemos digitalizado. El gasto público está que da terror nada más de imaginarlo. La psicosis colectiva va en aumento. La desesperación está a la orden del día. En resumen, todos estamos que nos lleva la mamá del diablo.

Recuerdo aquella época en la que los teléfonos celulares eran un aparato sumamente sofisticado y sólo tenían acceso a uno de esos aquellos cuyo poder adquisitivo rebasaba los parámetros de lo cotidiano. ¡Imagínese! tuvimos teléfono en casa por primera vez cuando yo tenía 21 años (sí, ya hace algunos “ayeres”) pero ¿a qué viene el comentario?

¿Quién no recuerda el Turista mundial, las damas chinas, el ajedrez o el Uno? A veces eran horas enteras sentados a la mesa jugando dominó o el ¡Basta! (que con Emilio tomó un sentido muy grande en mi vida) Bueno, hasta jugar gatos en una hoja del cuaderno implicaba un gran entretenimiento. Aprendí a jugar conquián cuando estaba en el segundo año de filosofía; a decir verdad, no me considero un tahúr en la baraja española, pero me defiendo. Mi querida Xanath prometió que me enseñaría a jugar Póker y sé que lo cumplirá.

 

Jugar “ahorcado” era fabuloso y más cuando, en el afán de querer adivinar la letra que escribía nuestro contrincante, no perdíamos detalle del movimiento de su mano. Las tripas de gato no eran mis preferidas, pero solía jugarlas con mi hija cuando era pequeña. Lo que realmente me entretenía (No. Un momento. Todavía me entretiene) es armar rompecabezas. Podrían transcurrir horas enteras antes de que me dé por vencido y deje algunas piezas para mañana.

Sin duda alguna, el juego al que más tiempo le he invertido fue al “No te enojes” que Doña “Yeyi” y sus maravillosos hijos me enseñaron a jugar. Le perdí la cuenta a las tazas de café que nos tomamos mientras lo jugábamos; ollas enteras de agua se evaporaron consumidas por la flama de la estufa que, solitaria y en silencio, esperaba que termináramos la partida para tomar la acostumbrada infusión. Definitivamente no recuerdo cuántas veces rebasamos la media noche; yo esforzándome por conseguir al menos un triunfo en el juego

A veces creo que me gustaría tener una batería para dar de baquetazos tratando de igualar los tonos de John Bonham, Buddy Rich y Peter Criss. Es tanta la fe que tengo en aprender a tocar la batería que ya tengo las baquetas; el multi de mi amigo el Jasson sería muy útil para empezar y Lalito prometió que me enseñaría algunos redobles con todo y remate. Sin embargo, estoy seguro que si algún día tuviera un saxofón en las manos, el jazz sería una realidad en mi vida. Ya tengo la boquilla, me falta lo demás. Pero de algo estoy seguro: cuando aprenda a tocar el Sax, “Sax” podrá verme tocar como él en las plazas públicas, vestido de traje y con un sombrerito pachuco. Claro, siempre y cuando no se repita la cuarentena.

Quise compartir con usted, querido lector, esta idea simple, la cual estoy seguro que ya emplea, pero si no es así, creo que bien valdría la pena considerarla. Espero que la pase bien.

 

 

 

A %d blogueros les gusta esto: