10 julio, 2020

Las fobias de Lorca, las orgías de Dalí y los enanos de Velázquez: la España eterna y más excéntrica

Javier Villuendas

*El periodista italiano Marco Cicala dibuja y celebra nuestro país a través de sus personajes más ilustres con un anecdotario de lo más divertido

El periodista romano Marco Cicala, que actualmente reside en Madrid, ha convertido su hispanofilia en una muy divertida e instructiva celebración de nuestro país a través de su nuevo libro «Eterna España» (ed. Arpa), un álbum de cromos de paisajes y personajes ilustres patrios con los que surfear y aprender entre los siglos de nuestra singular historia. Con un anecdotario de excentricidades desopilante, además.

El que también es el editor italiano de las obras de Manuel Chaves Nogales pone su inquieta lupa, por ejemplo, en los enanos de las obras de Velázquez, a través de los cuales nos cuenta que cuando el pintor barroco recaló en el palacio de Felipe IV, en 1620, los bufones a sueldo de la Corona, llamados «hombres de placer» o «sabandijas palaciegas», superaban incluso el centenar, siendo aquel Madrid el auténtico Wall Street europeo en lo que se refiere al tráfico de enanos. Y nos avisa Cicala: «No dudéis en tirar a la basura el cliché romántico del bufón melancólico y soñador con una lagrimita incorporada a lo Pierrot. Porque nos han llegado noticias de enanos intrigantes, conspiradores, poderosos, playboys, temibles jugadores o militares». Como apunte histórico, comentar que los enanos por aquel entonces eran utilizados también como juguetes sexuales ya que se les atribuía fama de «criaturas lujuriosas». Además, como «tanto el sexo como la edad parecían indefendibles, esto incrementaba su ambiguo atractivo».

En este «España eterna», por supuesto, aparece Miguel de Cervantes y su Don Quijote, hablando Cicala con la arqueóloga Isabel Sánchez Duque y el especialista en archivos Francisco Javier Escudero que sostienen «una tesis rompedora» y es que esta historia no es inventada sino que tiene base real. O sea, que aquello en lo que se inspiró el escritor para crear al Caballero de la triste figura «no fueron, o no solo, las lecturas, sino también la crónica trivial, los sucesos y los incidentes ocurridos en la Mancha del s. XVI». Concretamente, apuntan a que el modelo del personaje fue el «ruin Francisco de Acuña». Por otro lado, el periodista italiano también charla con el académico y experto cervantista Francisco Rico, que, ante la observación habitual esnoboba de que El Quijote es más citado que leído, responde: «Como si eso fuera un punto débil».

Obligatoria por aquí también la presencia de Quevedo, que cuando regresaba a casa tras sus rutinarias juergas nocturnas en los burdeles y tabernas gustaba de hacer pis contra el mismo edificio en la calle del Cobo, en el antiguo Madrid. Un día, quien vivía allí, le puso una cruz para disuadirle. No hubo efecto. Al día siguiente, le escribió: «No se mea donde hay cruces». No hubo efecto, e incluso el escritor le replicó: «No se ponen cruces donde se mea». Esta anécdota, quizá apócrifa, la utiliza Cicala para introducirnos a Francisco de Quevedo y Villegas, que se autodefinió así: «Hombre de bien, nacido para el mal (…); mozo dado al mundo, prestado al diablo». Lo hubiera firmado Yung Beef. «Poeta solicitado, satírico de contagiosa mordacidad, prosista visionario, espía, espadachín… Se ha definido a Quevedo como «una perrera de almas»», describe el periodista italiano. El escritor, proveniente de buena cuna, estudió en los jesuitas y luego en la Universidad de Alcalá, y dominaba el hebreo, italiano, francés y portugués, así como el griego y latín, «lenguas que si no estuvieran muertas habría que matarlas», comentó con dulzura. La realidad es que Quevedo era miope, cojo, de piernas torcidas y pies deformes, y Cicala lo define ahora como un «nerd del siglo XVII». Y recuerda su enfrentamiento con Góngora. Primero Quevedo le lanzó líricas pullas tratándole de «sacerdote afeminado, ludópata e incluso filojudío». Este se las devolvió disminuyéndole a «escritor tullido y dado al vino». Finalmente, Quevedo supo que Góngora estaba ahogado por las deudas de juego e hizo que le desahuciaran para irse a vivir a su casa, «no sin antes «desgongorizarla» y desinfectarla a la perfección».

También hay un capítulo para Teresa de Ávila (que de Sevilla dice: «He oído siempre decir que los demonios tienen más mano allí para tentar»), otro capítulo es para el pintor Francisco de Zurbarán («el Caravaggio español», aunque apunta que esta definición quizá es demasiado generosa) a través del cual Cicala nos cuenta que en la España del siglo de Oro había nuve mil conventos masculinos y femeninos, y «el clero alcanzaba los doscientos mil miembros de una poblacion de ocho millones. Y los autos de fe atraían a multitudes propias de un gran concierto, y una celebración eucarística podía durar 24 horas», en una época previa al Concilio de Trento, en la que había religiosos «que vivían en concubinato y con hijos que blasfemaban en las tabernas; sacerdotes que iban armados o controlaban garitos de juego y predicadores estrella que organizaban misas bufas con mujeres devotas bailando en la iglesia medio desnudas. Todo ello en la misma época de las herméticas bellezas de Zurbarán».

Hay capítulos de Calderón de la Barca, la Armada Invencible (se llamaba la Grande y Felicísima Armada, pero los ingleses, cuenta Cicala, la renombraron así para mofarse), otro capítulo es para Al-Ándalus, Hernán Cortés, Doménikos Theotokópoulos el Greco y así hasta llegar a personajes más recientes como Antonio Machado, Miguel de Unamuno o el «matador de toros» Ignacio Sánchez Mejías, que también fue dramaturgo, actor de cine, aviador, piloto de coches, jugador de polo, presidente de la Cruz Roja y del Betis y que murió en la plaza de toros del Manzanares, tras lo cual su amigo Federico García Lorca le escribió «la mejor elegía española del siglo XX» («A las cinco de la tarde, eran las cinco en punto de la tarde»). Luego en el capítulo dedicado al poeta cuenta varias fobias curiosas de este, como que «no puede echarse sobre una cama con zapatos porque le da la impresion de estar muerto» o que teme casi todo lo procedente de la tecnología industrial, como los ascensores, que evita. Y aquí también una frase suya, eterna, sobre la economía de los artistas: «Por suerte, no tengo que vivir de la pluma. Gracias a Dios, tengo padres. Padres que a veces me retan, pero son muy buenos, y al final siempre pagan», que decía en 1933. Aunque recuerda el periodista que Lorca «sigue siendo el autor español más leído en el mundo tras Cervantes».

Y en esta galería de personajes españoles «de impacto» no podría faltar Salvador Dalí, que se autodenomina «El Divino» cuando llama a Fernando Arrabal para decirle que quiere conocerle… «pero trae una esclava». Esto era a principios de los setenta y la cita, a medianoche en la suite del parisino Hotel Merice. Allí va Arrabal con varias esclavas, concretamente unas feministas de Lyon lesbo-maoístas que actuaban en una de sus obras (o esto dice Arrabal al que se le ha acusado de contar la historia de diferentes maneras). Allí en la suite de Dalí «hay gente muy extraña: algunas parejas de gemelos; un negro mastodóntico vestido de militar y a quien Salvador llama «Mon chef de guerre»; y sobre la cama estilo imperio una anciana bebe whisky de una damajuana y Dalí se dirige a ella lamándola Luis XVI». Tras la orgía, Gala, la mujer de Dalí, propuso otra jornada pero fuera de París. Arrabal respondió a esta invitación: «Soy un chico casto», a lo que a su vez le contestó Dalí: «Tenemos una necesidad desesperada de gente casta». En esta ocasión había veinte prostitutas, algunas nadando en la piscina, música de Wagner, una miniplaza de toros… y Dalí y Gala sobre tronos dorados. Arrabal fue pero se marchó, y al día siguiente «El Divino» le telefoneó: «Eres un ser abyecto».

 

Articulo recuperado de www.abc.es

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