26 septiembre, 2020

Ni la muralla china es tan infranqueable

Estoy seguro que alguna vez han tenido que presentarse ante una dependencia pública para realizar un trámite. Piensen un poco en cuál fue el anterior proceso con el cual pretendieron obtener un documento o una solución a una situación determinada.

Por: Gerardo Moreno Tovar || @tovar_moreno

Estoy seguro que alguna vez han tenido que presentarse ante una dependencia pública para realizar un trámite. Piensen un poco en cuál fue el anterior proceso con el cual pretendieron obtener un documento o una solución a una situación determinada.

No sé ustedes, pero en lo personal estoy convencido de que la burocracia en este país es una maldita catástrofe que nos ha venido a fastidiar la vida de una manera brutal e ineludible. No hay forma de evadirla; siempre existe un argumento “válido” para hacernos dar vueltas y gastar hasta lo que no tenemos.

Siempre me he preguntado quién es el “genio” “la mente brillante” que establece los requisitos para realizar un trámite. Permítame, querido lector, expresar con mi experiencia a qué me refiero. Pretendía –hace unos meses- dar de alta a mi madre ante el IMSS. A la hora de presentar su acta de nacimiento, la señorita que realizaría el procedimiento encontró que, en mi acta de nacimiento dice que soy hijo de Perfecta Tovar (no de Perfecta Tovar Gutiérrez) “No se puede llevar a cabo el alta –me dijo- tiene que corregir ese dato en su acta de nacimiento.” –o sea, en mi acta de nacimiento- El lugar indicado para corregir esa “omisión” cometida cuando mis padres me registraron se ubica en Arcos de Belén, en la Ciudad de México. Por supuesto que hay un horario de atención, mismo que por el traslado desde mi lugar de residencia y mi horario de trabajo me fue imposible alcanzar. Inocentemente me acerqué a pedir informes; me interesaba conocer la lista de los documentos requeridos para que, en una “segunda” vuelta cumpliera con todos los requisitos para que no se obstaculizara el ya mencionado trámite.

Aparte de acreditar mi personalidad y la de mi madre me pidieron, entre otros documentos, mi acta de matrimonio, mi cartilla de servicio militar –lo cual fue una novedad porque en ningún lado me la aceptan como documento oficial, por los años que tienen de emitida- mi fe de bautismo, mi certificado de confirmación y el ticket del pago de la caseta de cuota; testigos que afirmen que mi madre es mi madre y de plano me anticiparon que “si mi acta de nacimiento era mecanografiada, ni la llevara: no me iba a servir.”

¡Vaya! Qué íbamos a saber que, en 1977 cuando no era necesario el segundo apellido de los padres en el acta de nacimiento, alguien lo convertiría en un requisito fundamental en estos días. Y peor aún, qué nos íbamos a imaginar que las máquinas de escribir mecánicas –que en ese entonces eran una modernidad- se convertirían en el principal obstáculo en un documento oficial.

Y ya ni se diga de los trámites que se deben cubrir para el canje de la tarjeta de circulación y actualización del padrón vehicular en la capital poblana. Como si fuera que, al cubrir todos los requisitos, en caso de robo, el gobierno ayudara a recuperar el vehículo en cuestión sin solicitarle al afectado otra cadena de requisitos a cumplir sin tener que erogar tiempo, dinero y esfuerzo.

Hace algunos años, tuve la necesidad de acudir al I.F.E. (ahora I.N.E., por el capricho de no sé quién) a solicitar la reposición de la ya bien conocida credencial de elector sin la cual, en suelo mexicano, es peor que ser indocumentado en el vecino país del norte. Según la lista de requisitos yo podía presentar cualquier documento oficial más el acta de nacimiento. Resultó que mi cartilla de servicio militar ya no servía como identificación oficial, por los años que tenía de expedida (como ya lo mencioné líneas arriba) y mi acta de nacimiento debía tener menos de 6 meses de actualizada.

Ni la muralla china es tan infranqueable como la maldita burocracia de nuestro país. Y no me explico –no sé usted- cómo carajos sucedió todo esto; la real academia española, define a la burocracia como “organización regulada por normas que establecen un orden racional para distribuir y gestionar los asuntos que le son propios”. Curiosamente la misma academia nos pone en contexto con la realidad de nuestras instancias públicas al asegurarnos que la burocracia es “la influencia excesiva de los funcionarios en los asuntos públicos” lo cual se traduce en una “administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas”.

No estoy seguro de cuál sea el propósito base de tanto requisito; garantizar la identidad del solicitante, asegurar que no todos somos delincuentes o ladrones de identidad, probar que la mayoría de las personas somos honestas o simplemente ponerle caducidad a los documentos oficiales o encontrarles cualquier “detalle” para sacar más dinero de nuestra cartera y fastidiarnos más la vida. En fin, sea cual sea el mentado propósito, se ha constituido en un arma de grueso calibre para que los empleados de nuestras dependencias públicas se acomoden en su puesto y desde ahí, con la excusa de “yo no puse los requisitos” hagan rebotar a cuanto ciudadano sea posible y hacernos brincar la muralla de la burocracia con muchos trabajos y gastar más tiempo, dinero y buen ánimo.

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